PODENCO ANDALUZ PARA SIEMPRE

Podenco Andaluz para siempre

Muchos de los que leáis esto recordareis los calendarios lo la Unión Española de Explosivos, en los que venían algunas fotografías de un viejo cazador comiéndose un trozo de pan y tortilla de patatas con su navaja cachicuerna; pues bien aquella podenca blanca y canela, pelicerdeña, que aparecía con el cazador, era mi delirio en mi mente infantil, y más de una vez soñaba con tener una como ella.

En mi pueblo había una perra muy vieja, de tío Casimiro “El Chimindo”; se la había regalado mi tío abuelo Francisco Rey, el cual había traído los padres de Montijo, y todavía en aquellos tiempos sonaban en los pueblos extremeños los podencos montijanos, con los que cazó Don Antonio Corvasí. La perra aquella que se llamaba “Linda” , cuando era cachorrita en el cortijo de la vegas de Casimiro, éste mató unos cuantos palomos de un tiro en el tejado, y se los fue trayendo a la mano uno a uno a su dueño. Así me lo contó el tío “Casi”.

Yo la conocí y la cacé muy vieja, casi ciega y sorda. Las primeras codornices de mi vida cazadora se las maté a ella; sabía perfectamente donde estaban las codornices y gallinetas de la vega, y se iba con todos los cazadores que la solicitaban. Sólo con ver la escopeta se te ponía delante y a por ellas. Cazaba muy lento, moviendo el rabo de un lado a otro y de una manera especial según fuese pelo o pluma. A mis “arcabuceros”, lo del movimiento se lo detecto, pero son rapidísimos y, por supuesto no se van con nadie a cazar que no sea conmigo.

Otro podenco del que me enamoré cuando yo tenía 15 0 16 años, lo tenía un labrador de mi pueblo que pasaba por el camino de La Coronada en la finca de mi tío José, en la que yo vivía  temporadas. Aquel perro se llamaba “Lucero”, era un podenco canelo, envelado, corbato, de pelo liso y de talla chica. Pues bien, yo lo veía cazar cuando pasaba por aquellos lares y me encantaba como echaba las codornices en la cañada de “La Hoja”, las latía y volvía a rehallarlas donde se paraban, así hasta tres o cuatro veces. Las liebres que sacaba de las viñas se iban de Extremadura, de lo que les formaba con su “jai, jai, jai…”. ¡Estaba loco por aquel perro!.  Le dije a mi tío que se lo pidiera a Diego, el labrador, y me advirtió que ese perro no se haría a la escopeta nunca, pues estaba desde cachorro cazando a su aire. Tanto insistí, que me lo regaló aquel buen hombre. Yo no cabía de gozo diciéndoselo a mis amigos y a todo aquel que me encontraba. Aunque poco duró aquello, lo tuve quince días, dormía atado al lado de la pata de mi cama, le echaba la mitad de mi desayuno, galletas “María” y el “Chiquilín” de entonces. Compartía el arroz, mi merendilla y todo lo que fuera con tal de ganármelo. Creí que lo tenía en el bote al tal “Lucero”, y decidí sacarlo a cazar pues me movía el rabo cuando lo llamaba, y dentro del cortijo se venía conmigo.

Una noche en la tertulia de la lumbre, decidí sacarlo a la mañana siguiente y le dije al “Guardia” que me llamase al venir el día para sacar a “Lucero”. Aquella noche dormí poco pensando como resultaría, y con el alba cogí mi “Sarasqueta” del 20 y salí con el podenco atado a las primeras cañadas de la finca. El perro tiraba de la cuerda pita para empezar a cazar, lo solté y salió como una bala, a unos metros levantó la pata, hizo sus necesidades, me miró como diciendo ahí te quedas con tus galletas, tu arroz, tu chocolate y todo lo demás, que me voy … y emprendió para el pueblo en busca de su antiguo dueño.

    

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