DEL TIRADOR A LA DEL VEINTE-RETAZOS DE MI INFANCIA

“Yo nací cazador”,  decía el doctor  Don José  Muñoz Seca al comenzar a escribir  su libro Perros y Cazadores, y todos los que hemos nacido bajo esa impronta, creo que tenemos un sitio especial en nuestra memoria para las primeras piezas muertas en estas lides. Yo las recuerdo con un cariño especial, dado que se desarrollaron en una época de mi vida en que era un niño, un niño nacido cazador también,  a Dios gracias, y esto  ocupa en mis adentros un lugar privilegiado, de modo que cuando las recuerdo me hacen sumamente feliz. Trataré de escribir como si estuviera en la chimenea de un cortijo alrededor de una lumbre hablando   con mis amigos, esto sí lo he practicado a tope en muchas etapas de mi vida, aunque ya por desgracia menos , bueno ,ahí va mi primer conejo y otras.

 A principios de los  años sesenta acompañaba a mi maestro de la vida y tío abuelo José  en  los viajes que hacía para comprar pieles, lanas y herboristería de las cuales era almacenista. De esta última tenía delegados en muchos pueblos de Extremadura y Sierra Norte de Sevilla, entre ellos La Morera, en la  provincia de Badajoz donde bastantes hombres del campo de este pueblo en verano se dedicaban a recolectar orégano, hierba de cuajo, poleo… que una vez preparado y envasado  retiraba en camiones a su casa para luego negociarlo por toda España y Portugal.

  El panadero de La Morera creo que fue el primero  que ayudó a mi tío en el tema del orégano. Se llamaba de apellido Carretero y era un hombre bajito, aficionadísimo a la caza. Lo habían cogido varias veces los civiles cazando de furtivo y por esto estaba procesado. A mí me encantaba escucharle contar cómo hacía los aguardos y cómo burlaba a los guardias, todo un personaje.

  Uno de los veranos, no recuerdo la fecha pero para el caso poco importa, fuimos a retirar el orégano y los hombres aquellos que eran chapados a la antigua, duros, sufridos, curtidos por el sol y el frio extremeño, cazadores todos, con escopeta de perrillos y menos papeles que una liebre, proyectaron, con la veda ya echada, ir a matar unos conejos para hacer una caldereta y llevarme invitado y con escopeta. ¡Qué me dijeron!, yo no había matado nada más que gorriatos, palomos, tórtolas… con el tirador y esto me impactó tanto que me tuvo sin dormir y en ascuas hasta que llegó el  esperado día, pues intuía que podía matar algo de importancia y sentirme cazador con pólvora.

  Nos hospedamos en una fonda que había frente al bar BIOSCA, cuyo dueño se llamaba como yo y desde allí, con la luz de las estrellas, salimos a lomos de  los burros unos y otros andando,  el Chovo hermano de este, Manuel Martínez, y otros dos o tres que no recuerdo sus nombres, traían varios perros pero a medida que atravesamos el pueblo se iban juntando a la partida  algunos más hasta reunir una buena recova de todo tipo, desde podencos hasta los típicos mil leches.

  Paco Biosca tenía una podenquilla de capa alobada preciosa que se llamaba LOBY, la cual  cuando cazaban ellos a un zurrón partía como una escopeta, pues era una auténtica especialista en cogerlos a diente. Acabó regalándomela, despreciando mil pesetas que le ofreció  mi tío,  pues  me enamore de ella y le pedí  que me la comprara pero el Biosca le dijo: una perra como esta no tiene precio ni se vende así que se la regalo a mí tocayo y no hay mas que hablar,  fue durante años mi compañera de aventuras. La tuve  también amaestrada que la mandaba a coger los pollos,  gallinas o peladillas  en el cortijo y me las traía a la mano sin dañarlas indicándole con la mano la que quería.

  Por un camino en dirección a Badajoz nos apartamos y subimos la sierra  entre olivares pues a la parte solana se encontraba el coto donde íbamos a realizar la cacería. Era LA JARILLA, entonces  propiedad de un señor de Miajadas  con cuyos  hijos, Manolo y  Pepe Bote, estudiaban conmigo en el Claret de don Benito. Cuando llegamos al cuchillar a la sombra de unos canchos y chaparreras  espesas ataron y  manearon los burros más o menos escondidos y nos dispusimos a cazar. A mí me dijo  el Chovo “sígueme” y en una vereda que subía me señaló una encina “diciéndome” súbete y no te cosques hasta que yo venga. Si ves al guarda no corras ni te muevas, que no te verá y seguro que te entran algunos conejos por la vereda”.

  Allí  me dejó solo subido en la encina como un mochuelo con mi escopeta del 20 al amparo del monte. Al rato empezaron a oírse algunos tiros y los jais.. jais… de los perros latiendo los conejos. Yo pensaba en lo que me dijo del guarda y estaba un poco mosca, de golpe  miré para abajo y  tenía un conejo comiendo,  que  de vez en cuando  se sentaba de culo a escuchar. Cómo me puse, me entraron unos temblores y creía que se me salía el corazón. El conejo comía y yo tenía un sufrimiento que no podía aguantar. Cuando le pareció echó a andar hacia las jaras y entonces le sacudí un tiro que no dijo ni pio. Si antes tenía  tembladeras ahora se juntaron con cagaleras pues lo del guarda me tenía con la mosca, me bajé, cogí mi víctima en mis manos temblando y poco a poco  me tranquilicé, me volví a subir y aunque vi algún conejo más no volví a tirar.

  Pasaron un par de horas que a mí  me parecieron  eternas y vino el Chovo  por mí celebrando y dándome la enhorabuena por mi víctima. Ellos llenaron los zurrones. Contentos y felices regresamos de nuevo a lomo de los burros a la Morera para seguir envasando el orégano

   Aquella noche hubo caldereta y fiesta y este fue mi debut con los orejotas en  compañía de aquellos hombres extremeños  primitivos, duros como el diamante y buenísima gente.                                

       El tirador fue durante muchos años mi arma, me lo fabricaba de forma que la horquilla me gustaba de olivo, él chinatero,  íbamos a un sitio donde los zapateros del pueblo tiraban los residuos de cuero y rebuscando entre los recortes encontrábamos algún trozo para hacerlo y las gomas ahí si que había que estudiar la que elegir pues el maestro YIYO zapatero remendón que las vendía tenía de tres clases unas que no servían para nada de cámaras de coche que decíamos que eran de chicle pues estiraban mucho pero no mandaban fuerza, otras de camión también negras buenas y las naranjas que nos tenía metido que eran de avión, insuperables. Tenía tal destreza que entre los chavales del pueblo  no había ninguno que me ganara a matar volandones. Decían que era porque tiraba con bolas de barro que iba guardando para la temporada, las cuales las ganaba en las partidas que nos echábamos jugando al guá, pero que va, era porque la mayoría de las siestas del verano me escapaba de la cama y me tiraba todas cazando en el huerto de mi tío y llegué a matar palomos y aviones, que es como  llamábamos a los vencejos, al vuelo y  claro , la mucha practica hace el maestro. Había un zagal algo mayor que  que era un auténtico figura, “El Pocho”, y  hasta a este le ganaba. Ya mayores, recordando los tiempos, me decía “sí, sí, tú me ganabas pero el cuco del almendral de don Carlos quién se lo cargó”. Era indómito y  no hacía otra cosa que cazar, de vez en cuando  hacía la remonta en la escuela y me iba a echarle  un desafío a los olivares y huertos de las afueras del pueblo. Empezábamos con los telarines feos, que así le llamábamos a los chamarices o verdecillos, que eran los primeros que se tiraban de los nidos, y luego los gorriatos. Qué auténtica gozada cuando entrabas en un olivar de aquellos y estaban piando en  los arboles, hacías un recuento, dos en el almendro grande, otro en el peral, otros tres o cuatro en el nogal…, vamos era un verdadero paraíso cinegético escucharlos y buscarlos. ¡Qué cotos y que cacerías!   

  Cuando fui a examinarme de ingreso al Instituto de Castuera por supuesto me llevé el tirador y en las aceras de este pueblo había muchos morales que estaban llenitos de volandones, no recuerdo cómo me escapé del control de mi madre y profesores pero la que formé aquel día fue sonada. No me cabían las piezas en los bolsillos del pantalón y me las metía en el seno poniéndome barriga y camisa hecha un Cristo. La reprimenda fue de aúpa y al examen entré con los pantalones y niki llenos de sangre seca de mis víctimas. Menos mal que aprobé con un siete.

Aquí había dado por concluido el texto, pero mi hijo José Vicente me apunta que cuente sobre el tirador que le hice hace unos doce años, pues bien, ahí va. Como todos los padres cazadores que tenemos hijos, mi afán era que saliera cazador y cuando tenía cinco o seis años  le preparé el consabido tirador y  lo probamos en mi casa, con tan buena suerte que me entró un vencejo a buena altura, le tiré y al suelo, yo no daba crédito después de tantísimos años sin practicar y mi niño se quedó anonadado,  se creía que  su padre era un mago o que sé yo. Volvimos a intentarlo infinidad  de veces y no cayó ninguno más, como era lógico. Le eché la culpa a la falta de bolas de barro.